Cepillos dentales

Cada que llega a casa un cepillo de dientes que no es mío ni de mis compañeros de piso me pregunto si se quedará más tiempo que la persona que lo dejó ahí.

El primer cepillo que dejé en una casa ajena era morado y económico, como si mi inconsciente lo hubiera elegido determinando por anticipado el tiempo que duraría.

Al terminar una relación suelo hacer siempre lo mismo: elimino fotos, regalos, lo borro de mis amistades de Facebook y me corto el cabello; pero pocas veces recuerdo echar a la basura aquel cepillo de dientes que dejó en mi baño aquel sábado que desayunamos waffles. Luego, cuando menos lo espero, ese objeto aparentemente insignificante aparece ante mi vista una mañana mientras me arreglo para ir al trabajo. Lo veo ahí desgarbado, todavía húmedo, olvidado.

¿Es posible que dos cepillos sobrevivan juntos al final de una relación? A veces, por ejemplo, imagino que aquel cepillo morado sigue ahí junto al de él, en esa casa que compartíamos ahora abandonada, envejeciendo uno al lado del otro, perpetuando lo que ya no es.

El fin de semana pasado me extrajeron dos muelas, estuve esos días en reposo y el ocio me llevó a buscar toda clase de información al respecto.

Según cuidatuboca.com, el primer cepillo de dientes se inventó en 1870, lo fabricó un maestro Zen con cerdas de pelo de cola de caballo sobre un mango de hueso. Llegar accidentalmente a este dato me hizo creer que podía encontrar la verdadera relación entre el amor y los cepillos dentales.

Los datos obtenidos hasta el momento son reveladores: el pelo de caballo era utilizado por brujas blancas y hechiceras en la antigüedad para superar la ausencia de una persona amada. Los huesos, por su parte, son considerados por algunas culturas como la estructura física de la existencia, algo así como el perchero donde descansa el alma. Y bueno, pensándolo fríamente, sin ellos seríamos solo carne y tripas derramadas por el piso (parecido a lo que nos sentimos bajo las cobijas cuando perdemos a alguien).

–Hace unas semanas conocí a D., apenas nos hemos visto tres veces y quizá no haya una cuarta pero tiene una linda sonrisa y solo se me ocurre culpar a la genética y a su cepillo dental–.

Ahora, ¿qué conexión tiene ese origen con las actuales relaciones y los actuales cepillos? Los cepillos están hechos con cerdas de nailon o de nailon con poliéster, sí, el mismo material con que fabrican hilos para las cañas de pescar, cuerdas de guitarra y cremalleras. Su mango es de plástico, material que los vuelve más fuertes que muchas relaciones pero al mismo tiempo, desechables. Ayuda el hecho de que los dentistas aconsejan cambiarlos cada 4 meses, tiempo suficiente para enamorarse pero no para reponerse de una ruptura (algunos conspiranóicos creen que detrás de esta sugerencia está la necesidad de vender más antidepresivos y terapias psicológicas, que son más rentables que un simple cepillo de plástico).

Tal vez me esté aventurando con esta premisa pero no quiero descartarla hasta hacer las pruebas necesarias: el nailon y específicamente la obsolescencia programada de los productos fabricados en este material está afectando a quienes lo utilizan.

En una ocasión alguien me dijo que el día que dejara un cepillo dental en la oficina era porque todo se había ido al carajo y la adultez había comenzado a consumirlo, que prefería cargarlo a diario en su mochila que dejarlo ahí, aún si en ese sitio pasaba el 60% de su día. Ahí está de nuevo el cepillo como protagonista de una historia incierta, ahí estamos de nuevo temiendo que sea él quien decida el futuro o si somos más arriesgados, dejándolo en sus cerdas. De alguna manera se ha convertido un báculo sagrado con un misterioso poder, un recordatorio de eternos retornos.

¿Será que vivimos una época en que amamos más pero por menos tiempo? Yo prefiero verlo así, porque está claro que a cada vez a más personas el amor les dura menos, pero qué mundo de mierda sería este si de igual forma, amáramos menos. No, no, no, se ama más y mejor, por eso dura menos. Ahí está la relación con los cepillos de dientes, está claro.

Por otra parte, me tranquilizó leer que existe un interés creciente en los cepillos biodegradables y las cerdas naturales; lo cual  — si la hipótesis de mi investigación se confirma —  nos estaría regresando al origen de este objeto y las pérdidas serían menos dolorosas, las almas volverían a descansar en cómodos percheros en vez de andar por ahí, desparramadas con todo y sus cuerpos bajo las sábanas… y bueno, yo ganaría un Nobel por esto o al menos una mención en Reader’s Digest. 

Se fueron mis muelas, no he vuelto a ver a D. y en esta casa hay más cepillos de dientes que personas. No sé aún si lo que hay es mucho amor o mucho olvido.

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Whitening content even for the darkest soul.

A Matter of Gravity Por Iván Soria